EL CANTO DEL CISNE
¡Por favor, sean valientes! Les diré una cosa. No
la olviden. ¡Oren, oren mucho! Estos problemas no se
resuelven con esfuerzo humano. Estoy diciéndoles cosas que
quiero recalcar, un mensaje, quizás mi canto de cisne para
la Compañía. Tenemos tantas reuniones y
encuentros, pero no oramos bastante.
Un nuevo nacimiento, una vida nueva, vida de hijos de Dios.
Éste es el milagro del Espíritu? esto
presupone una delicada atención a las voces del
Espíritu, una interior docilidad a sus sugerencias y por lo
mismo, más todavía, una plena disponibilidad que
sólo una sincera libertad de todos y de todo hace posible y
eficaz. "El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de
dónde viene ni a dónde va. Así es todo
el que nace del Espíritu" Me viene a la mente la
comparación con el planeador de arrastre cuya fuerza y
capacidad de velocidad, la tiene toda y solamente del dejarse llevar
dócilmente sin ninguna resistencia, del aeroplano que lo
conduce.
Vivir hoy, en todo momento y en toda misión el ser
"contemplativo en la acción", supone un don y una
pedagogía de oración que nos capacite para una
renovada "lectura" de la realidad -de toda la realidad- desde el
Evangelio y para una constante confrontación de esa realidad
con el Evangelio.
Les pido una nueva exigencia: la de buscar, si es necesario, otros
modos, ritmos y formas de oración más adecuados a
sus circunstancias? y que garanticen plenamente esta
experiencia personal de Dios que se reveló en
Jesús.
Hoy, más quizás que en un cercano pasado, se nos
ha hecho claro que la fe no es algo adquirido de una vez para siempre,
sino que puede debilitarse y hasta perderse, y necesita ser renovada,
alimentada y fortalecida constantemente. De ahí que vivir
nuestra fe y nuestra esperanza a la intemperie "expuestos a la prueba
de la increencia y de la injusticia", requiera de nosotros
más que nunca la oración que pide esa fe, que
tiene que sernos dada en cada momento. La oración nos da a
nosotros nuestra propia medida, destierra seguridades puramente humanas
y dogmatismos polarizantes y nos prepara así, en humildad y
sencillez, a que nos sea comunicada la revelación que se
hace únicamente a los pequeños.
Así, cuando invito a los Jesuitas y a nuestros laicos a
profundizar en su vida de fe en Dios, y a alimentar esa vida por medio
de la oración y de un compromiso activo, lo hago porque
sé que no hay otro modo de producir las obras capaces de
transformar nuestra maltrecha humanidad. El Señor habla de
"sal de la tierra" y "luz del mundo" para describir a sus
discípulos. Se saborea y se estima la sal, se disfruta de la
luz y se la estima. Pero no la sal insípida ni la luz
mortecina.