SÚPLICA A JESUCRISTO
Aquí vengo, Señor
para deciros
desde lo más íntimo de mi corazón
y con la mayor sinceridad y cariño de que soy capaz,
que no hay nada en el mundo que me atraiga
sino Tú sólo,
Jesús mío.
No quiero consolarme con las criaturas y los hombres,
sólo quiero vaciarme de todo y de mí mismo
para amarte a Ti.
Para Ti, Señor, todo mi corazón,
todos sus afectos, todos sus cariños, todas sus
delicadezas...
Oh Señor, no me canso de repetiros:
nada quiero sino amarte,
nada deseo en este mundo sino amarte,
nada deseo en este mundo sino a Ti.
Acuérdate que prometiste
hacer llegar rápidamente
a una gran santidad a tus apóstoles
y dar una eficacia especialísima a sus obras.
Heme aquí, Señor, como verdadero conejillo de
Indias
pronto a ser sometido a todos los procedimientos,
para que se vean en él los efectos de vuestras promesas.
No me arguyáis, Maestro mío,
echándome en cara que rehúyo vuestras
disposiciones.
Vos sabéis lo miserable que soy,
y contabais con ello
al elegirme como apóstol vuestro.
Atadme, clavadme si es preciso,
pues si en el momento de la prueba lo rehúyo,
ya sabéis que es por lo miserable que soy;
que buena voluntad no me falta...
Concededme
una correspondencia fidelísima a vuestras inspiraciones
y exigidme mucho con ellas
¡Cumplid, Señor; vuestras promesas!
Haced que os ame como el que más.
Concededme estar siempre con Vos y como Vos.
Os lo pido por tantas almas como se salvarán,
si esto me concedéis.
Oh Madre mía,
concededme gozo en las humillaciones,
y que viva alegre en medio de ellas,
por considerarlas como la gran distinción,
el gran beneficio,
el signo de la especialísima predilección de
Jesús
que me quiere cerca: con Él y como Él...