COLOQUIO
COLOQUIO
Señor, estamos aquí en tu presencia, a tu
alrededor, como tus discípulos, para escuchar tus
enseñanzas y tus consejos, para una charla íntima
contigo, como los apóstoles, cuando con toda confianza te
de¬cían: "Señor,
enséñanos a orar… Señor,
explícanos la pa¬rábola"
Con la confianza que nos inspiran tus palabras: "Vosotros sois mis
amigos… No os llamo ya siervos, a vosotros os he llamado
amigos", tenemos tantas cosas que decirte, tenemos necesidad de
escuchar tantas cosas de ti: "Habla, Señor, que tu siervo
escucha… Porque hablas como jamás un hombre ha
hablado… Señor, ¿a quién
vamos a ir? Tú tienes pala¬bras de vida eterna".
Estamos ciertos, Señor, de que tus promesas son sinceras y
no engañan: "Pedid y se os dará, llamad y se os
abrirá". Ani¬mados con estas palabras, queremos hoy
pedirte muchas cosas, que en definitiva se reducen a una sola: "Venga
tu Reino. Hágase tu volun¬tad". En esto se resume
todo lo que te pedimos; sin em¬bargo, aunque no sea
más que por desahogo del corazón, queremos
ha¬certe una serie de peticiones, como lo hacían los
que te rodeaban en el tiempo del Evangelio. Tú que eres el
Sí a disposición del Padre: "El Hijo de Dios no
fue 'sí' y 'no', en Él no hubo más que
Sí", responde con un sí a nuestras peticiones.
Señor, cuando me siento ciego y sin luz para comprender lo
que debo hacer yo, o sugerir a los otros, vienen a mis labios las
palabras del ciego del evangelio: "Señor, que vea". Da luz a
mis ojos para que puedan ver siempre la realidad verdadera y no me deje
engañar por la falsa apariencia del mundo.
Cuántas veces me cuesta dar oídos a tus palabras,
cuántas veces permanezco sordo a tus llamadas, a tus
órdenes, a tu misión. Repíteme,
Señor, también a mí lo que dijiste al
sordomudo: "'Effetá', que quiere decir 'Ábrete'
", y mis oídos se abrirán y escucharé
aquella tu voz tan profunda y sutil, que no llego a distinguir en el
estruendo del mundo. Dame, sobre todo, sensibilidad y prontitud para
escuchar, para que pueda oír cuando llamas a mi puerta:
"Mira que estoy a la puerta y llamo"
A veces, Señor, me encuentro interiormente tan pobre, tan
sucio, tan lleno de heridas, peor que las de la lepra, casi todo "una
llaga y una úlcera": extiéndeme tu mano, como
hiciste con el leproso del evangelio: "Si quieres, puedes limpiarme".
Te pido que pronuncies la palabra todopoderosa: "Quiero, queda
limpio”; y mi cuerpo quedará limpio como la carne
de Naamán después de haberse lavado en las aguas
del Jordán y mi alma se hará pura y sin mancha,
como la de aquellos que lavaron sus vestiduras en la sangre del Cordero.
La debilidad de mi alma me da a veces la sensación de
decaimiento, como de morir. Por eso te pido, desde lo más
profundo de mi ser, como el Centurión: "Di una sola palabra
y mi criado quedará sano”; que también
yo pueda decirte con la misma fe: y tu criado, es decir, mi alma,
quedará sana. Me queda un consuelo, el de que mi enfermedad,
como la de Lázaro, no sea de muerte, antes sea para la
gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
Enfermo como estoy, quiero decirte con las hermanas de
Lázaro: "Señor, aquel a quien tú
quieres, está enfermo". Quiero escuchar de tus labios las
palabras que dijiste a Marta: "Yo soy la resurrección y la
vida"; y si me preguntases como a Marta: "¿Crees esto?",
quisiera poder responderte como ella. “Sí
Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de
Dios vivo, el que venir al mundo".
Y si mi debilidad fuese tal que deba decirse de mí, como de
Lázaro: "Ya huele mal", tengo, sin embargo, la confianza de
que tú mandarás con voz imperiosa: "Sal fuera" y
yo volveré de nuevo al mundo con una vida nueva, mientras se
caen todas mis ataduras por orden tuya: "Desatadle y dejadle andar".
Así podré seguir sin tardanzas el camino de tu
voluntad.
Señor, otras veces, el peso de mi responsabilidad sacerdotal
me aplasta, viéndome tan poca cosa delante de mi
vocación, tan superior a mis propias fuerzas que me veo
tentado a decirte como Moisés: "¿Por
qué tratas tan mal a tu siervo? ¿Por
qué no he hallado gracia ojos?... No puedo cargar yo solo
con todo este pueblo, es demasiado pesado para mí. Si vas a
tratarme así, mátame, por favor, si he hallado
gracia a tus ojos, para que no vea más mi desventura". Pero,
apresúrate a darme la misma respuesta que diste a
Moisés: "¿Es acaso corta la mano de Yahveh? Ahora
vas a ver si vale mi palabra o no"
Si en ciertos momentos de desaliento y de abatimiento me parece como a
los apóstoles, sumergirme y casi ahogarme, vuelven a resonar
en mi alma las palabras de ánimo y de dulce reproche que
dijiste a Pedro: "Hombre de poca fe, ¿por qué has
dudado?". Aumenta, Señor, nuestra fe. Tenemos sed, como la
Samaritana, y sentimos la necesidad de ese agua viva que
sólo tú nos puedes dar: "Dame de ese agua, para
que no tenga más sed"
Señor, se está aquí tan bien en tu
presencia que, como Pedro, querríamos hacer tres tiendas
para quedarnos contigo: pero sabemos que este estar aquí
contigo, en estas horas serenas, no puede ser sino por poco tiempo,
porque la mies es mucha y los obreros pocos, y tú nos mandas
a trabajar por ti en el mundo: "Id también voso¬tros
a mi viña… Id por todo el mundo, y proclamad la
Bue¬na Nueva a toda la creación". Sí,
nosotros iremos a tra¬bajar por ti en tu viña, pero
nuestro corazón se quedará aquí, a tus
pies, atento, como María, para escuchar tus palabras de vida
eterna; como tu Madre, que "conservaba cuidadosamente todas las cosas
en su corazón", para gustar también nosotros tus
palabras en nuestro corazón. Enséñanos
a ir y a quedar, a trabajar por ti sin separarnos de ti, a ser
contemplativos en la acción, a experimen¬tar en
nuestro corazón tu presencia de "dulce huésped
del alma".
Conscientes de que las necesidades del apostolado son
innumera¬bles, estamos aquí a tu
disposición: danos la misión que quieras,
mán¬danos a donde quieras, porque: "Por
Yahvéh y por tu vida, Rey mi Señor, que donde el
Rey mi Señor esté, muerto o vivo, allí
estará tu siervo"
Danos tu fuerza para cumplir nuestra misión, la misma fuerza
que diste a los apóstoles, cuando los llamaste para
seguirte, la que diste a Mateo, cuando le dijiste: "Sígueme.
Él se levantó y le siguió". Para que
se renueve nuestro fervor, repítenos, Señor,
aquellas tus palabras que son una invitación y una promesa
al mismo tiempo: "Ve¬nid en pos de mí y os
haré pescadores de hombres". Y danos valor para que nos
hagamos sal de la tierra y luz del mun¬do.
Dinos lo que hemos de hacer. Siguiendo el consejo de tu Madre en
Caná: "Haced lo que él os diga", estamos ciertos
de que, si acogemos tus palabras, tu fuerza todopoderosa no
sólo cambiará el agua en vino, sino que
hará de nuestros corazones de piedra corazones de carne. Por
eso te pedimos: "ayuda a mi falta de fe"
Contemplando esta hostia a la luz de la fe, reconocemos en ella a Aquel
que dijo de sí mismo antes de venir al mundo: "He
aquí que vengo a hacer tu voluntad"; a Aquel que
colmó su vida en la cruz con el "todo está
cumplido"; a Aquel que vuelto al seno de la Trinidad, de donde
había salido, está sentado en el trono; y unidos
a los veinticuatro ancianos del Apocalipsis queremos repetir: "Santo,
Santo, Santo, Señor, Dios Todopoderoso; a Aquel que era, que
es, que va a venir...
Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el
honor y el poder, porque tú has creado el universo, por tu
voluntad fue creado lo que no existía".
"Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios
Todopoderoso; justos y verdaderos tus caminos, ¡oh, Rey de
las naciones! ¿Quién no temerá,
Señor, y no glorificará tu nombre? Porque
sólo tú eres santo, y todas las naciones
vendrán y se prosternarán ante ti".
Sentimos que desde esta hostia, trono humilde y escondido, nos dices:
"Yo soy la vid y vosotros los sarmientos; Yo soy el camino, la verdad y
la vida; Vosotros me llamáis 'el Maestro' y 'el
Señor' y decís bien, porque lo soy". Por eso no
podemos sino repetir como en el Apocalipsis: "Ven".
Que podamos también nosotros ser dignos de escuchar tu
respuesta: "El que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba
gratuitamente agua de vida", y tu infalible promesa: "Sí,
pronto vendré". "Amén, Ven, Señor
Jesús".