NO LO ENTIENDO ENSÉÑAME
¡NO LO ENTIENDO! ENSÉÑAME
Señor, hoy es el día de Corpus Christi y en este
momento estás dentro de nuestro corazón, en cada
uno de los miembros del Consejo Ampliado, de mis consejeros, los que me
ayudan a llevar el peso de la gran responsabilidad que supone la
dirección de la Compañía;
des¬pués del diálogo que hemos tenido
estos días, te pido desde el fondo del alma que me ilumines
y nos ilumines en un punto fundamental.
Para mí el diálogo y la conversación
íntima contigo, que estás realmente presente en
la Eucaristía y me esperas en el Tabernáculo, ha
sido siempre y es todavía fuente de inspiración y
de fuerza; sin ellos no podría sostenerme, cuánto
menos llevar el peso de mis respon¬sabilidades. La Misa, el
santo Sacrificio, es el centro de mi vida: no puedo concebir un solo
día de mi vida sin la celebración
eucarística o la participación en el
sacrificio-banquete del altar. Sin la Misa mi vida quedaría
como vacía y desfallecerían mis fuerzas: esto lo
siento pro¬fundamente y lo digo...
Pero, por otro lado, oigo, veo y siento decir que tu presencia en el
Sagrario les tiene tan sin cuidado que no te hacen una sola visita
durante el día y nuestras capillas se ven desiertas, sin que
se acerque nadie a saludarte. Más aún: afirman
que tu presencia en nuestras co¬munidades no es necesaria...,
que no te necesitan…
Reconocen en la Misa valor infinito, pero dicen que no se debe celebrar
todos los días, pues eso es demasiado para una cosa tan
gran¬de; y sostienen que no se debe celebrar si no hay una
comunidad que participe en el Sacrificio... Y todo esto lo apoyan en
argumentos teoló¬gicos, psicológicos,
sociales, litúrgicos... y en pareceres de personas que
ocupan puestos de gran responsabilidad en la
Compañía, de formado¬res de nuestros
jóvenes, de profesores de teología. Hablan
también de su propia experiencia personal, que les hace
prescindir de Ti en el Sa¬cramento porque aseguran que te
encuentran mejor y más fácilmente en el trabajo,
en los prójimos, etc.
¿Será verdad? Yo no dudo de su buena voluntad, de
su veracidad subjetiva, pero no lo entiendo. ¿Se equivocan
ellos o es que Tú has cambiado de modo de ser y de alimentar
a las almas para el difícil tra¬bajo
apostólico actual?
Señor, ¡no entiendo! ¡Doce me! Siento,
por una parte, la evidencia de mi experiencia personal y de otros
muchos compañeros, que sienten como yo. ¿Es que
estamos ya anticuados? ¿Esa nueva manera de pensar y de
actuar en las cosas del espíritu es hoy la correcta? Te pido
luz, pues no quiero caer en lo que San Ignacio prevenía: que
el mayor error de un director espiritual es "querer llevar a todos por
su propio camino": no, Señor, sé que hay muchos
caminos y que hay que conceder amplia libertad para que tu
Espíritu actúe "como Tú deseas".
Pero, por otra parte, meditando la vida de Ignacio, las
Constitucio¬nes, sus cartas, viendo toda la
tradición de la Compañía hasta ahora,
y sobre todo recordando a los jesuitas santos de todos los tiempos,
descu¬bro que la Eucaristía, la Misa, el Sagrario
han sido el alimento, la inspiración, el consuelo, la fuerza
de tantas empresas que han edificado a todo el mundo y han hecho que la
Compañía fuera como un grupo de hombres alrededor
de la Eucaristía.
Precisamente hoy, cuando el mundo ha cambiado tanto y se ha
secularizado de un modo tan impresionante, cuando las necesidades de la
humanidad nos exigen un apostolado y un servicio mucho más
peligroso y difícil que antes, parece que
deberíamos tener más necesi¬dad de un
contacto íntimo y continuo contigo para poder ganar el mundo
para Ti, pero es precisamente ahora cuando se diría que hay
muchos jesuitas que, si no de palabra, al menos con los hechos
pare¬cen mostrar que no te necesitan. ¿Es verdad?
¿Son sinceros? ¿No se engañan?
Yo estoy dispuesto, Señor, a estudiar el problema, para ver
los efectos aceptables que estos cambios culturales y de mentalidad
traen consigo. Indícame, Señor, tus deseos, tus
modos de actuar en estas nuevas circunstancias, las formas de
expresión que sean inteligibles para todos. Pues, si es
necesario acomodarme a las nuevas circunstan¬cias, antes de
cambiar nada, deseo tener una prueba clara de tu parte, ya que un
cambio erróneo en esta materia podría ser mortal
para toda la Compañía. Señor,
ilumínanos: "Vias tuas, Domine, edoce me".