Pedro Arrupe
Pedro Arrupe
05 septiembre 2010

NO LO ENTIENDO ENSÉÑAME
¡NO LO ENTIENDO! ENSÉÑAME

Señor, hoy es el día de Corpus Christi y en este momento estás dentro de nuestro corazón, en cada uno de los miembros del Consejo Ampliado, de mis consejeros, los que me ayudan a llevar el peso de la gran responsabilidad que supone la dirección de la Compañía; des¬pués del diálogo que hemos tenido estos días, te pido desde el fondo del alma que me ilumines y nos ilumines en un punto fundamental.

Para mí el diálogo y la conversación íntima contigo, que estás realmente presente en la Eucaristía y me esperas en el Tabernáculo, ha sido siempre y es todavía fuente de inspiración y de fuerza; sin ellos no podría sostenerme, cuánto menos llevar el peso de mis respon¬sabilidades. La Misa, el santo Sacrificio, es el centro de mi vida: no puedo concebir un solo día de mi vida sin la celebración eucarística o la participación en el sacrificio-banquete del altar. Sin la Misa mi vida quedaría como vacía y desfallecerían mis fuerzas: esto lo siento pro¬fundamente y lo digo...

Pero, por otro lado, oigo, veo y siento decir que tu presencia en el Sagrario les tiene tan sin cuidado que no te hacen una sola visita durante el día y nuestras capillas se ven desiertas, sin que se acerque nadie a saludarte. Más aún: afirman que tu presencia en nuestras co¬munidades no es necesaria..., que no te necesitan…

Reconocen en la Misa valor infinito, pero dicen que no se debe celebrar todos los días, pues eso es demasiado para una cosa tan gran¬de; y sostienen que no se debe celebrar si no hay una comunidad que participe en el Sacrificio... Y todo esto lo apoyan en argumentos teoló¬gicos, psicológicos, sociales, litúrgicos... y en pareceres de personas que ocupan puestos de gran responsabilidad en la Compañía, de formado¬res de nuestros jóvenes, de profesores de teología. Hablan también de su propia experiencia personal, que les hace prescindir de Ti en el Sa¬cramento porque aseguran que te encuentran mejor y más fácilmente en el trabajo, en los prójimos, etc.

¿Será verdad? Yo no dudo de su buena voluntad, de su veracidad subjetiva, pero no lo entiendo. ¿Se equivocan ellos o es que Tú has cambiado de modo de ser y de alimentar a las almas para el difícil tra¬bajo apostólico actual?

Señor, ¡no entiendo! ¡Doce me! Siento, por una parte, la evidencia de mi experiencia personal y de otros muchos compañeros, que sienten como yo. ¿Es que estamos ya anticuados? ¿Esa nueva manera de pensar y de actuar en las cosas del espíritu es hoy la correcta? Te pido luz, pues no quiero caer en lo que San Ignacio prevenía: que el mayor error de un director espiritual es "querer llevar a todos por su propio camino": no, Señor, sé que hay muchos caminos y que hay que conceder amplia libertad para que tu Espíritu actúe "como Tú deseas".

Pero, por otra parte, meditando la vida de Ignacio, las Constitucio¬nes, sus cartas, viendo toda la tradición de la Compañía hasta ahora, y sobre todo recordando a los jesuitas santos de todos los tiempos, descu¬bro que la Eucaristía, la Misa, el Sagrario han sido el alimento, la inspiración, el consuelo, la fuerza de tantas empresas que han edificado a todo el mundo y han hecho que la Compañía fuera como un grupo de hombres alrededor de la Eucaristía.

Precisamente hoy, cuando el mundo ha cambiado tanto y se ha secularizado de un modo tan impresionante, cuando las necesidades de la humanidad nos exigen un apostolado y un servicio mucho más peligroso y difícil que antes, parece que deberíamos tener más necesi¬dad de un contacto íntimo y continuo contigo para poder ganar el mundo para Ti, pero es precisamente ahora cuando se diría que hay muchos jesuitas que, si no de palabra, al menos con los hechos pare¬cen mostrar que no te necesitan. ¿Es verdad? ¿Son sinceros? ¿No se engañan?

Yo estoy dispuesto, Señor, a estudiar el problema, para ver los efectos aceptables que estos cambios culturales y de mentalidad traen consigo. Indícame, Señor, tus deseos, tus modos de actuar en estas nuevas circunstancias, las formas de expresión que sean inteligibles para todos. Pues, si es necesario acomodarme a las nuevas circunstan¬cias, antes de cambiar nada, deseo tener una prueba clara de tu parte, ya que un cambio erróneo en esta materia podría ser mortal para toda la Compañía. Señor, ilumínanos: "Vias tuas, Domine, edoce me".

Nos enseñó a mirar el lado bueno del mundo