MI CATEDRAL
¡Una mini-catedral! tan sólo seis por cuatro
metros. Una capillita que fue preparada a la muerte del P. Janssens, mi
predecesor, para el nuevo General... ¡el que fuese! La
Providencia dispuso que fuera yo. Gracias al que tuvo esa idea: no pudo
haber interpretado mejor el pensamiento de este nuevo General. El que
planeó esta capillita quizá pensó en
proporcionar al nuevo General un sitio más
cómodo, más reservado para poder celebrar la Misa
sin ser molestado, para no tener que salir de sus habitaciones para
visi¬tar el Santísimo Sacramento. Quizá
no se apercibió de que aquella estancia diminuta iba a ser
fuente de incalculable fuerza y dinamismo para toda la
Compañía, lugar de inspiración, de
consuelo, de fortaleza, de... estar!; de que iba a ser la
«estancia» del ocio más actuoso, donde
no haciendo nada se hace todo!: como la ociosa María que
bebía las palabras del Maestro, mucho más activa
que Marta su hermana!; donde se cruza la mirada del Maestro y la
mía..., donde se aprende tanto en silencio.
El General tendría siempre, cada día, al
Señor pared por medio, al mismo Señor que pudo
entrar a través de las puertas cerradas del
Cenáculo, que se hizo presente en medio de sus
discípulos, que de modo invisible habría de estar
presente en tantas con¬versaciones y reuniones de mi despacho.
La llaman: Capilla privada del General. ¡Es
cátedra y santuario, Tabor y Getsemaní,
Belén y Gólgota, Manresa y La Storta! Siempre la
misma, siempre diversa. ¡Si sus paredes pudieran hablar!
Cuatro paredes que encierran un altar, un sagrario, un
cruci¬fijo, un icono mariano, un zabuton (cojín
japonés), un cuadro japonés, una
lámpara. No se necesita más... eso es todo: una
víctima, una mesa sacrificial, el «vexillum
cru¬cis», una Madre, una llama ardiente que se
consume lentamente iluminando y dando calor, el amor expresado en un
par de caracteres japoneses: Dios-amor.
Expresa un programa de vida: de la vida que se consume en el amor,
crucificada con Jesús, acompañada de
María, ofrecida a Dios, como la Víctima que todos
los días se ofrece en el ara del altar.
Muchas veces durante estos últimos años he
oído decir: «para qué las visitas al
San¬tísimo, si Dios está en todas
partes.» Mi respuesta, a veces tácita, es:
«Ciertamente no saben lo que dicen; no hay duda que Dios
está en todas partes, pero "venid y ved" donde el
Señor habita: ésta es su casa. Apelo no a
argumentos y discusiones, sino a la experiencia que se vive en esa
habitación del Señor: "el que tiene experiencia
se expresa con inteligencia"
«El Maestro está ahí y te
llama». Aquí brota espontáneamente el
«Señor, enséñanos a
orar… explícanos la
parábola» (Mt 13,36). Oyendo sus
pala¬bras, se comprende la expresión del entusiasmo
popular: «Jamás un hombre ha hablado como habla
este hombre», o el de los apóstoles:
«¿Adónde vamos a ir? Tú
tienes palabras de vida eterna»; y se entiende por
experiencia el valor del «estar sentado a sus pies escuchando
su palabra».
En esta catedral se celebra el acto más importante de toda
la vida cotidiana: la Misa. Cristo es el verdadero y sumo sacerdote, el
Verbo hecho hombre. Es divino caber en lo pequeño y no caber
en el Universo: cabe en ese sagrario, pero no cabe en el universo.
Toda Misa tiene un valor infinito, pero hay circunstancias y momentos
subjetivos en que esa infinitud se siente más profundamente.
No cabe duda que el hecho de ser General de una
Compañía de Jesús de 27.000 personas
consagradas al Señor y entrega¬das por completo a
colaborar con Jesucristo salvador en toda clase de apostolados
difí¬ciles, hasta llegar a veces a dar la vida en el
martirio cruento, da una profundidad y un sentido de universalidad muy
especiales.