Pedro Arrupe
Pedro Arrupe
07 septiembre 2010

MI CATEDRAL

¡Una mini-catedral! tan sólo seis por cuatro metros. Una capillita que fue preparada a la muerte del P. Janssens, mi predecesor, para el nuevo General... ¡el que fuese! La Providencia dispuso que fuera yo. Gracias al que tuvo esa idea: no pudo haber interpretado mejor el pensamiento de este nuevo General. El que planeó esta capillita quizá pensó en proporcionar al nuevo General un sitio más cómodo, más reservado para poder celebrar la Misa sin ser molestado, para no tener que salir de sus habitaciones para visi¬tar el Santísimo Sacramento. Quizá no se apercibió de que aquella estancia diminuta iba a ser fuente de incalculable fuerza y dinamismo para toda la Compañía, lugar de inspiración, de consuelo, de fortaleza, de... estar!; de que iba a ser la «estancia» del ocio más actuoso, donde no haciendo nada se hace todo!: como la ociosa María que bebía las palabras del Maestro, mucho más activa que Marta su hermana!; donde se cruza la mirada del Maestro y la mía..., donde se aprende tanto en silencio.

El General tendría siempre, cada día, al Señor pared por medio, al mismo Señor que pudo entrar a través de las puertas cerradas del Cenáculo, que se hizo presente en medio de sus discípulos, que de modo invisible habría de estar presente en tantas con¬versaciones y reuniones de mi despacho.

La llaman: Capilla privada del General. ¡Es cátedra y santuario, Tabor y Getsemaní, Belén y Gólgota, Manresa y La Storta! Siempre la misma, siempre diversa. ¡Si sus paredes pudieran hablar! Cuatro paredes que encierran un altar, un sagrario, un cruci¬fijo, un icono mariano, un zabuton (cojín japonés), un cuadro japonés, una lámpara. No se necesita más... eso es todo: una víctima, una mesa sacrificial, el «vexillum cru¬cis», una Madre, una llama ardiente que se consume lentamente iluminando y dando calor, el amor expresado en un par de caracteres japoneses: Dios-amor.

Expresa un programa de vida: de la vida que se consume en el amor, crucificada con Jesús, acompañada de María, ofrecida a Dios, como la Víctima que todos los días se ofrece en el ara del altar.

Muchas veces durante estos últimos años he oído decir: «para qué las visitas al San¬tísimo, si Dios está en todas partes.» Mi respuesta, a veces tácita, es: «Ciertamente no saben lo que dicen; no hay duda que Dios está en todas partes, pero "venid y ved" donde el Señor habita: ésta es su casa. Apelo no a argumentos y discusiones, sino a la experiencia que se vive en esa habitación del Señor: "el que tiene experiencia se expresa con inteligencia"

«El Maestro está ahí y te llama». Aquí brota espontáneamente el «Señor, enséñanos a orar… explícanos la parábola» (Mt 13,36). Oyendo sus pala¬bras, se comprende la expresión del entusiasmo popular: «Jamás un hombre ha hablado como habla este hombre», o el de los apóstoles: «¿Adónde vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna»; y se entiende por experiencia el valor del «estar sentado a sus pies escuchando su palabra».

En esta catedral se celebra el acto más importante de toda la vida cotidiana: la Misa. Cristo es el verdadero y sumo sacerdote, el Verbo hecho hombre. Es divino caber en lo pequeño y no caber en el Universo: cabe en ese sagrario, pero no cabe en el universo.

Toda Misa tiene un valor infinito, pero hay circunstancias y momentos subjetivos en que esa infinitud se siente más profundamente. No cabe duda que el hecho de ser General de una Compañía de Jesús de 27.000 personas consagradas al Señor y entrega¬das por completo a colaborar con Jesucristo salvador en toda clase de apostolados difí¬ciles, hasta llegar a veces a dar la vida en el martirio cruento, da una profundidad y un sentido de universalidad muy especiales.
Nos enseñó a mirar el lado bueno del mundo