Pedro Arrupe
Pedro Arrupe
05 septiembre 2010

INTROIBO AD ALTARE DEI
INTROIBO AD ALTARE DEI

Unido a Jesucristo, yo, sacerdote, llevo también conmigo a todo el cuerpo de la Compañía. Las paredes de la capillita como que quieren resquebrajarse. El minúsculo altar parece convertirse en el «sublime altar» del cielo, a donde llegan hasta el Padre, «por medio de tu Ángel», las oraciones de todos los miembros de la Compa¬ñía. Mi altar es como «el altar de oro colocado delante del trono», de que habla el Apo¬calipsis.

Si por un lado me siento, como quiere S. Ignacio, «llaga y postema... todo impe¬dimento», por otro estoy identificado con Cristo «proclamado por Dios Sumo Sacer¬dote… santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encum¬brado por encima de los cielos… que penetra no en un santuario hecho por mano de hombre, sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamien¬to de Dios en favor nuestro».

Con Cristo me siento también «víctima»: «vi de pie en medio del trono... un Cor¬dero como degollado».

Comienza la Misa en este altar que está como suspendido entre el cielo y la tierra. Si miro hacia arriba, se ve la ciudad santa de Jerusalén: «su resplandor es como el de una piedra muy preciosa, como jaspe cristalino… Pero no vi santuario alguno en ella; porque el Señor, Dios todopoderoso, y el Cordero, es su santuario». Si miro hacia abajo, se ven «los hombres sobre la haz de la tierra, en tanta diversidad, así en trajes como en gestos, unos blancos y otros negros, unos en paz y otros en guerra, unos llorando y otros riendo, unos enfermos y otros sanos, unos naciendo y otros muriendo...».

Qué profunda impresión la de ver desde este altar así suspendido a todos los miem¬bros de la Compañía que están en la tierra, con tantos afanes y sufrimientos en su esfuerzo por ayudar a las ánimas, «enviados por todo el mundo, esparciendo la sagrada doctri¬na por todos los estados y condiciones de personas». Qué vivos deseos se sien¬ten de que, desde este altar, se precipiten, como cascada inmensa, las gracias y la luz y la fuerza que ahora necesitan. En esta misa Cristo se va a ofrecer, y yo con Él, por ese mundo y por esa Compañía de Jesús.

Si de nuevo alzo los ojos a la Jerusalén celestial, veo a la Santidad infinita, «las tres Divinas Personas, como en el solio real o trono de su divina majestad, mirando la haz de la tierra y todas las gentes en tanta ceguedad», mientras al mismo tiempo de todos los confines de la tierra se levanta al unísono el clamor de un peccavi¬mus, que resuena con rumor de catarata: «en el fragor de tus cataratas»; «y oí como el ruido... de grandes aguas y como el fragor de fuertes truenos».

Al sentirme como el siervo de Yahvéh portador de los pecados de la Compañía, especialmente durante mi Generalato, y de los innumerables míos personales, aparezco «despreciable y desecho de los hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro...», deseando se pueda repetir de mí lo que se dice de Cristo: «Él soportó el castigo que nos trae la paz… fue oprimido y él se humilló y no abrió la boca». Así, mientras oigo el gran acto penitencial de la Compañía: «hemos pecado, hemos sido perversos, somos culpables», yo me siento como abortivo, indigno del nombre de «hijo de la Compañía». Esto es precisamente lo que me permite sentir compasión hacia los caí¬dos y extraviados y comprender toda la fuerza de las palabras de la carta a los Hebreos: «puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. Y a causa de esta misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo».

Cristo se hace «mediador de una nueva alianza». Yo también, unido al Corazón de Cristo y a pesar de todo, me siento mediador y comprendo lo que San Ignacio señala como primera función del General de la Compañía: «estar muy unido con Dios Nuestro Señor, para que tanto mejor de él como de fuente de todo bien impe¬tre a todo el cuerpo de la Compañía mucha participación de sus dones y gracias y mucho valor y eficacia a todos los medios que se usaren para la ayuda de las ánimas». Mi posición entre Dios y la Compañía de Jesús, como sacerdote y durante la cele¬bración del Santo Sacrificio, es la de ser «mediador entre Dios y los hombres»: «gober¬nar todo el cuerpo de la Compañía... (lo) hará primeramente... con la oración asidua y deseosa y Sacrificios, que impetren gracia de la conservación y aumento... y de este medio debe hacer de su parte mucho caudal y confiar mucho en el Señor nuestro, pues es eficacísimo para impetrar gracia de la divina Majestad, de la cual procede lo que se desea».

El oficio de General aparece así en toda su profundidad y clara luz: «mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar... El Señor Yahvéh me ha abierto el oído».

Sintiéndome sacerdote con el «siervo de Yahvéh», no quiero «resistirme ni volver atrás; ofrezco mis espaldas a los que me golpean, mis mejillas a los que mesan mi bar¬ba. Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos». Pero con cuánta ale¬gría leo en el Libro santo: «Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alarga¬rá sus días y lo que plazca a Yahvéh se cumplirá por su mano. Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Por sus desdichas justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará».
Nos enseñó a mirar el lado bueno del mundo