INTROIBO AD ALTARE DEI
INTROIBO AD ALTARE DEI
Unido a Jesucristo, yo, sacerdote, llevo también conmigo a
todo el cuerpo de la Compañía. Las paredes de la
capillita como que quieren resquebrajarse. El minúsculo
altar parece convertirse en el «sublime altar» del
cielo, a donde llegan hasta el Padre, «por medio de tu
Ángel», las oraciones de todos los miembros de la
Compa¬ñía. Mi altar es como «el
altar de oro colocado delante del trono», de que habla el
Apo¬calipsis.
Si por un lado me siento, como quiere S. Ignacio, «llaga y
postema... todo impe¬dimento», por otro estoy
identificado con Cristo «proclamado por Dios Sumo
Sacer¬dote… santo, inocente, incontaminado, apartado
de los pecadores, encum¬brado por encima de los
cielos… que penetra no en un santuario hecho por mano de
hombre, sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el
acatamien¬to de Dios en favor nuestro».
Con Cristo me siento también
«víctima»: «vi de pie en medio
del trono... un Cor¬dero como degollado».
Comienza la Misa en este altar que está como suspendido
entre el cielo y la tierra. Si miro hacia arriba, se ve la ciudad santa
de Jerusalén: «su resplandor es como el de una
piedra muy preciosa, como jaspe cristalino… Pero no vi
santuario alguno en ella; porque el Señor, Dios
todopoderoso, y el Cordero, es su santuario». Si miro hacia
abajo, se ven «los hombres sobre la haz de la tierra, en
tanta diversidad, así en trajes como en gestos, unos blancos
y otros negros, unos en paz y otros en guerra, unos llorando y otros
riendo, unos enfermos y otros sanos, unos naciendo y otros
muriendo...».
Qué profunda impresión la de ver desde este altar
así suspendido a todos los miem¬bros de la
Compañía que están en la tierra, con
tantos afanes y sufrimientos en su esfuerzo por ayudar a las
ánimas, «enviados por todo el mundo, esparciendo
la sagrada doctri¬na por todos los estados y condiciones de
personas». Qué vivos deseos se sien¬ten de
que, desde este altar, se precipiten, como cascada inmensa, las gracias
y la luz y la fuerza que ahora necesitan. En esta misa Cristo se va a
ofrecer, y yo con Él, por ese mundo y por esa
Compañía de Jesús.
Si de nuevo alzo los ojos a la Jerusalén celestial, veo a la
Santidad infinita, «las tres Divinas Personas, como en el
solio real o trono de su divina majestad, mirando la haz de la tierra y
todas las gentes en tanta ceguedad», mientras al mismo tiempo
de todos los confines de la tierra se levanta al unísono el
clamor de un peccavi¬mus, que resuena con rumor de catarata:
«en el fragor de tus cataratas»; «y
oí como el ruido... de grandes aguas y como el fragor de
fuertes truenos».
Al sentirme como el siervo de Yahvéh portador de los pecados
de la Compañía, especialmente durante mi
Generalato, y de los innumerables míos personales, aparezco
«despreciable y desecho de los hombres, varón de
dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el
rostro...», deseando se pueda repetir de mí lo que
se dice de Cristo: «Él soportó el
castigo que nos trae la paz… fue oprimido y él se
humilló y no abrió la boca».
Así, mientras oigo el gran acto penitencial de la
Compañía: «hemos pecado, hemos sido
perversos, somos culpables», yo me siento como abortivo,
indigno del nombre de «hijo de la
Compañía». Esto es precisamente lo que
me permite sentir compasión hacia los
caí¬dos y extraviados y comprender toda la fuerza de
las palabras de la carta a los Hebreos: «puede sentir
compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar
también él envuelto en flaqueza. Y a causa de
esta misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por
los del pueblo».
Cristo se hace «mediador de una nueva alianza». Yo
también, unido al Corazón de Cristo y a pesar de
todo, me siento mediador y comprendo lo que San Ignacio
señala como primera función del General de la
Compañía: «estar muy unido con Dios
Nuestro Señor, para que tanto mejor de él como de
fuente de todo bien impe¬tre a todo el cuerpo de la
Compañía mucha participación de sus
dones y gracias y mucho valor y eficacia a todos los medios que se
usaren para la ayuda de las ánimas». Mi
posición entre Dios y la Compañía de
Jesús, como sacerdote y durante la
cele¬bración del Santo Sacrificio, es la de ser
«mediador entre Dios y los hombres»:
«gober¬nar todo el cuerpo de la
Compañía... (lo) hará primeramente...
con la oración asidua y deseosa y Sacrificios, que impetren
gracia de la conservación y aumento... y de este medio debe
hacer de su parte mucho caudal y confiar mucho en el Señor
nuestro, pues es eficacísimo para impetrar gracia de la
divina Majestad, de la cual procede lo que se desea».
El oficio de General aparece así en toda su profundidad y
clara luz: «mañana tras mañana
despierta mi oído, para escuchar... El Señor
Yahvéh me ha abierto el oído».
Sintiéndome sacerdote con el «siervo de
Yahvéh», no quiero «resistirme ni volver
atrás; ofrezco mis espaldas a los que me golpean, mis
mejillas a los que mesan mi bar¬ba. Mi rostro no
hurté a los insultos y salivazos». Pero con
cuánta ale¬gría leo en el Libro santo:
«Si se da a sí mismo en expiación,
verá descendencia, alarga¬rá sus
días y lo que plazca a Yahvéh se
cumplirá por su mano. Por las fatigas de su alma,
verá luz, se saciará. Por sus desdichas
justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos
él soportará».