Pedro Arrupe
Pedro Arrupe
05 septiembre 2010

OFERTORIO
OFERTORIO

Experimento el sentimiento profundo de encontrarme ante el Dios arcano, Aghios athanatos, y desconocido, Deus absconditus, y siento que me ama como Padre que vive y es fuente de toda vida presente en mí mismo y acepta mi ofrenda.

Tomo la patena, tratando de penetrar con los ojos de Cristo y con la luz de la fe a través de la infinitud del universo hasta el corazón mismo de la Trinidad: «Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan...»; y me viene a la memoria simultánea¬mente el antiguo texto «que yo, indigno siervo tuyo, ofrezco a Ti, Dios vivo y verdade¬ro», y de nuevo se me presenta toda mi indignidad: «despreciable, desecho de los hom¬bres, varón de dolores, sabedor de dolencias?; y la culpa de ellos él soportará». ¡Tú lo sabes todo, Señor! Mientras levanto la patena, me parece que todos mis hermanos se fijan en ella, sintiéndose presentes: «y por todos los que me rodean...»; la patena se dilata, van acumulándose en ella «los innumerables pecados y negligencias mías» y de los demás, a una con las aspiraciones y deseos de toda la Compañía. «No puedo cargar yo sólo con todo este pueblo: es demasiado pesado para mí». Siento como si las manos de todos los jesuitas del mundo quisieran ayudarme a soste¬ner esta pesadísima patena, rebosante de pecados, pero también de ilusiones, deseos peticiones... Me parece que el Señor me dice como a Moisés: «tomaré parte del espíritu que hay en ti y lo pondré en ellos, para que lleven contigo la carga del pueblo y no la tengas que llevar tú solo». Y entonces, como si la patena se aligerara o mis manos se robustecieran, puedo levantarla muy alto como para que esté más cerca del Señor.

«Y también por todos los cristianos vivos y difuntos... y por la salvación del mundo entero». Creo desfallecer, ante toda la malicia humana y sus pecados. Es necesario que extiendas tu mano omnipotente: «Yo, solo, extendía los cielos, yo asenté la tierra, sin ayuda alguna». Sostenido por esa mano puedo continuar: «este pan será para nosotros pan de vida.»

Tomo el cáliz con el vino que se convertirá en la sangre de Jesús: «Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este vino...; él será para nosotros bebida de salvación». Este vino, fruto de la vid triturada en el lagar, fermentado, se convertirá en la sangre derramada en la Cruz.

Este cáliz, símbolo del que en Getsemaní te hizo sudar sangre y que era tan amargo que deseaste no beberlo, dentro de poco será cáliz de su sangre derramada por la salva¬ción del mundo. En él se vierten ahora los sufrimientos de tantos jesuitas que, tritura¬dos a su vez, han dado o deben dar la vida por Ti, cruenta o incruentamente, las lágri¬mas, los sudores... mezcla pestilente, que al unirse con tu sangre se hará suave, dulce y perfumada: «un olor de Cristo».

«Bien sabemos que este es nuestro destino... sufrir tribulaciones...», pero impulsados irresistiblemente por tu caridad («el amor de Cristo nos apremia») elegimos y pedimos «ser recibidos debajo de tu bandera... pasar oprobios e inju¬rias, por más en ellas te imitar». Ciertamente has oído nuestra oración, pues el cáliz rebosa, pero la caridad nos hace «sobreabundar de gozo en todas nuestras tri¬bulaciones»; y este cáliz hecho para nosotros «oblación y víctima de suave aroma» es aceptado por Ti como ofrenda y sacrificio agradable y se convierte para nosotros en «bebida de salvación».

Así, inclinado ante el trono de la Trinidad, puedo decir con toda la Iglesia: «Sea¬mos recibidos por ti, Señor, en espíritu de humildad y con corazón contrito, y de tal modo se realice hoy nuestro sacrificio en tu acatamiento, que te sea agradable, Señor Dios». Nuestro sacrificio: de Cristo, mío y de toda la Compañía, como cuerpo unido en la caridad del Espíritu Santo, miembro y cabeza con Cristo y con el «vínculo de la obediencia», por la que, todos unidos, ofrecemos el holo¬causto diario de nuestras vidas, «en el cual el hombre todo entero, sin dividir nada de sí, se ofrece en el fuego de la caridad a su Criador y Señor».

Nuestros sacrificios personales, unidos en holocausto familiar diario, constituyen en sacrificio total, nuestro sacrificio. «Dirige tu mirada sobre esta víctima... y concede a cuantos compartimos este pan y este cáliz que, congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos, en Cristo, víctima viva para tu alabanza».
Nos enseñó a mirar el lado bueno del mundo