OFERTORIO
OFERTORIO
Experimento el sentimiento profundo de encontrarme ante el Dios arcano,
Aghios athanatos, y desconocido, Deus absconditus, y siento que me ama
como Padre que vive y es fuente de toda vida presente en mí
mismo y acepta mi ofrenda.
Tomo la patena, tratando de penetrar con los ojos de Cristo y con la
luz de la fe a través de la infinitud del universo hasta el
corazón mismo de la Trinidad: «Bendito seas,
Señor, Dios del universo, por este pan...»; y me
viene a la memoria simultánea¬mente el antiguo texto
«que yo, indigno siervo tuyo, ofrezco a Ti, Dios vivo y
verdade¬ro», y de nuevo se me presenta toda mi
indignidad: «despreciable, desecho de los hom¬bres,
varón de dolores, sabedor de dolencias?; y la
culpa de ellos él soportará».
¡Tú lo sabes todo, Señor! Mientras
levanto la patena, me parece que todos mis hermanos se fijan en ella,
sintiéndose presentes: «y por todos los que me
rodean...»; la patena se dilata, van acumulándose
en ella «los innumerables pecados y negligencias
mías» y de los demás, a una con las
aspiraciones y deseos de toda la Compañía.
«No puedo cargar yo sólo con todo este pueblo: es
demasiado pesado para mí». Siento como si las
manos de todos los jesuitas del mundo quisieran ayudarme a
soste¬ner esta pesadísima patena, rebosante de
pecados, pero también de ilusiones, deseos peticiones... Me
parece que el Señor me dice como a Moisés:
«tomaré parte del espíritu que hay en
ti y lo pondré en ellos, para que lleven contigo la carga
del pueblo y no la tengas que llevar tú solo». Y
entonces, como si la patena se aligerara o mis manos se robustecieran,
puedo levantarla muy alto como para que esté más
cerca del Señor.
«Y también por todos los cristianos vivos y
difuntos... y por la salvación del mundo entero».
Creo desfallecer, ante toda la malicia humana y sus pecados. Es
necesario que extiendas tu mano omnipotente: «Yo, solo,
extendía los cielos, yo asenté la tierra, sin
ayuda alguna». Sostenido por esa mano puedo continuar:
«este pan será para nosotros pan de
vida.»
Tomo el cáliz con el vino que se convertirá en la
sangre de Jesús: «Bendito seas, Señor,
Dios del universo, por este vino...; él será para
nosotros bebida de salvación». Este vino, fruto de
la vid triturada en el lagar, fermentado, se convertirá en
la sangre derramada en la Cruz.
Este cáliz, símbolo del que en
Getsemaní te hizo sudar sangre y que era tan amargo que
deseaste no beberlo, dentro de poco será cáliz de
su sangre derramada por la salva¬ción del mundo. En
él se vierten ahora los sufrimientos de tantos jesuitas que,
tritura¬dos a su vez, han dado o deben dar la vida por Ti,
cruenta o incruentamente, las lágri¬mas, los
sudores... mezcla pestilente, que al unirse con tu sangre se
hará suave, dulce y perfumada: «un olor de
Cristo».
«Bien sabemos que este es nuestro destino... sufrir
tribulaciones...», pero impulsados irresistiblemente por tu
caridad («el amor de Cristo nos apremia») elegimos
y pedimos «ser recibidos debajo de tu bandera... pasar
oprobios e inju¬rias, por más en ellas te
imitar». Ciertamente has oído nuestra
oración, pues el cáliz rebosa, pero la caridad
nos hace «sobreabundar de gozo en todas nuestras
tri¬bulaciones»; y este cáliz hecho para
nosotros «oblación y víctima de suave
aroma» es aceptado por Ti como ofrenda y sacrificio agradable
y se convierte para nosotros en «bebida de
salvación».
Así, inclinado ante el trono de la Trinidad, puedo decir con
toda la Iglesia: «Sea¬mos recibidos por ti,
Señor, en espíritu de humildad y con
corazón contrito, y de tal modo se realice hoy nuestro
sacrificio en tu acatamiento, que te sea agradable, Señor
Dios». Nuestro sacrificio: de Cristo, mío y de
toda la Compañía, como cuerpo unido en la caridad
del Espíritu Santo, miembro y cabeza con Cristo y con el
«vínculo de la obediencia», por la que,
todos unidos, ofrecemos el holo¬causto diario de nuestras
vidas, «en el cual el hombre todo entero, sin dividir nada de
sí, se ofrece en el fuego de la caridad a su Criador y
Señor».
Nuestros sacrificios personales, unidos en holocausto familiar diario,
constituyen en sacrificio total, nuestro sacrificio. «Dirige
tu mirada sobre esta víctima... y concede a cuantos
compartimos este pan y este cáliz que, congregados en un
solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos, en Cristo,
víctima viva para tu alabanza».