Pedro Arrupe
Pedro Arrupe
05 septiembre 2010

PREFACIO
PREFACIO

Del corazón mismo de la Compañía brota espontáneamente aquel «en verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno». Nuestro canto de alabanza se quiere unir al de los ángeles y formar un coro armonioso, en que cada uno cante con su voz en multitud y diversidad de tonos, al modo de aquel coro imponente formado por «una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y len¬guas... que gritaban con fuerte voz: la salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero». Nuestro canto se quiere unir al de la Compa¬ñía triunfante del cielo, al de todos los ángeles y santos: «Amén. Alabanza, gloria, sabi¬duría, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios por los siglos de los siglos».

Siento un silencio imponente. «Silencio ante el Señor Yahvéh, porque el día de Yah¬véh está cerca! Sí: Yahvéh ha preparado un sacrificio, ha consagrado a sus invitados… Silencio, toda carne, delante de Yahvéh!». «Se hizo silencio en el cielo, como una media hora...». Guardemos, pues, en el silencio de nuestro corazón, como María todo lo que en «este altar sublime» va a suce¬der: misterio de la Pascua, en la que «Cristo fue inmolado»; misterio de la Redención del mundo; misterio de la glorificación máxima del Padre. «Y se quedaron llenos de estupor y asombro por lo que había sucedido».

Se acerca el momento sublime de la consagración. Unido con todo el cuerpo de la Compañía, identificado con Cristo, teniendo en mis manos la hostia, pronuncio las pala¬bras: «Esto es mi cuerpo»: mi cuerpo, el de Cristo; «Este es el cáliz de mi sangre»: momento sublime que no se puede meditar sino en silencio. ¡Cristo convierte el pan en su cuerpo y el vino en su sangre, pero el que pronuncia las palabras sacramentales soy yo! Una tal identificación con él que puedo decir: esto es mi cuerpo, pero es el cuerpo de Cristo. Todo mi interior arde: como si sintiera al Corazón de Cristo latir en lugar del mío, o en el mío. Como si su sangre corriera por mis venas en el momento de la consagración.

La separación mística sacramental del cuerpo y de la sangre de Cristo es una reali¬dad y un símbolo, pero quien recibe el cuerpo recibe a todo Cristo y el que recibe la sangre lo recibe todo también.

Así se realizó la salvación del mundo: encarnación, muerte, misterio pascual, salva¬ción: todo repetido en este instante en mis manos: quedo «lleno de estupor», pero es verdad: «Creo, Señor, ayuda mi incredulidad». ¡Cristo en mis manos! El Cor¬dero que quita los pecados del mundo no en el altísimo trono del Apocalipsis sino en mis manos como pan: vestido de esas especies: ¡Creo! En el instante de la Consagración se realiza la glorificación perfecta del Padre, que se expresará un poco después en la doxología: «Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria.»

Me detengo en este momento sublime para «discurrir por lo que se ofreciere». ¿Cómo se ve el mundo desde este altar? ¿Cómo lo ve Jesucristo? Para entenderlo, tengo que dilatar el corazón a la medida del mundo. El Corazón de Cristo es el corazón del cuerpo de toda la Compañía el que ha de dilatarse y con él el de todos y cada uno de nosotros. El nuestro ha de ser un corazón que abrace a todos los hombres sin excep¬ción, como el corazón de Cristo, que desea la salvación universal: «que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad… Que se for¬me un solo rebaño y un solo pastor». Pero tiene otras ovejas que no son de su rebaño. Desde este altar, entre el cielo y la tierra, se ven y se entienden mejor las necesidades de tantos hombres en todo el mundo, se entiende y se siente más profundamente aquella misión: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación». Me siento como lanzado personalmente al mundo y como si conmigo toda la Compañía fuera enviada al mundo. Allí está su finalidad, su trabajo, hasta que pueda volver de nuevo a glorificar al Señor después de la gran bata¬lla por el reino.

Resuena en mis oídos el «yo os envío»  y el «yo estoy con vosotros» que llena de toda confianza. Mi gran compañero es Cristo, que no sólo está en el altar sino que entra dentro de mí y me llena de su divinidad, que me envía a los que no le recibieron. Mi respuesta no puede ser otra que el «Señor, ¿qué quie¬res que haga?... ¿Qué debo hacer por Cristo?».

El cuerpo de la Compañía, al sentirse enviado y lleno de la fuerza de Dios que le envía, se vigoriza, rejuvenece, siente que la sangre de Cristo corre por sus venas y que la plenitud del espíritu de Cristo lo posee y lo impulsa como un vendaval. ¿Quién podrá resistirla si sigue fielmente en todo la misión recibida? Sabe que la definición de su vida es la de ser «hombres crucificados al mundo y para quienes el mundo está crucificado», y que nadie podrá resistir «a la sabiduría y al Espíritu con que hable» ni oponerse a su voz.
Nos enseñó a mirar el lado bueno del mundo