PREFACIO
PREFACIO
Del corazón mismo de la Compañía brota
espontáneamente aquel «en verdad es justo y
necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias
siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios
todopoderoso y eterno». Nuestro canto de alabanza se quiere
unir al de los ángeles y formar un coro armonioso, en que
cada uno cante con su voz en multitud y diversidad de tonos, al modo de
aquel coro imponente formado por «una muchedumbre inmensa,
que nadie podría contar, de toda nación, razas,
pueblos y len¬guas... que gritaban con fuerte voz: la
salvación es de nuestro Dios, que está sentado en
el trono, y del Cordero». Nuestro canto se quiere unir al de
la Compa¬ñía triunfante del cielo, al de
todos los ángeles y santos: «Amén.
Alabanza, gloria, sabi¬duría, acción de
gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios por los siglos de los
siglos».
Siento un silencio imponente. «Silencio ante el
Señor Yahvéh, porque el día de
Yah¬véh está cerca! Sí:
Yahvéh ha preparado un sacrificio, ha consagrado a sus
invitados… Silencio, toda carne, delante de
Yahvéh!». «Se hizo silencio en el cielo,
como una media hora...». Guardemos, pues, en el silencio de
nuestro corazón, como María todo lo que en
«este altar sublime» va a suce¬der:
misterio de la Pascua, en la que «Cristo fue
inmolado»; misterio de la Redención del mundo;
misterio de la glorificación máxima del Padre.
«Y se quedaron llenos de estupor y asombro por lo que
había sucedido».
Se acerca el momento sublime de la consagración. Unido con
todo el cuerpo de la Compañía, identificado con
Cristo, teniendo en mis manos la hostia, pronuncio las
pala¬bras: «Esto es mi cuerpo»: mi cuerpo,
el de Cristo; «Este es el cáliz de mi
sangre»: momento sublime que no se puede meditar sino en
silencio. ¡Cristo convierte el pan en su cuerpo y el vino en
su sangre, pero el que pronuncia las palabras sacramentales soy yo! Una
tal identificación con él que puedo decir: esto
es mi cuerpo, pero es el cuerpo de Cristo. Todo mi interior arde: como
si sintiera al Corazón de Cristo latir en lugar del
mío, o en el mío. Como si su sangre corriera por
mis venas en el momento de la consagración.
La separación mística sacramental del cuerpo y de
la sangre de Cristo es una reali¬dad y un símbolo,
pero quien recibe el cuerpo recibe a todo Cristo y el que recibe la
sangre lo recibe todo también.
Así se realizó la salvación del mundo:
encarnación, muerte, misterio pascual,
salva¬ción: todo repetido en este instante en mis
manos: quedo «lleno de estupor», pero es verdad:
«Creo, Señor, ayuda mi incredulidad».
¡Cristo en mis manos! El Cor¬dero que quita los
pecados del mundo no en el altísimo trono del Apocalipsis
sino en mis manos como pan: vestido de esas especies: ¡Creo!
En el instante de la Consagración se realiza la
glorificación perfecta del Padre, que se
expresará un poco después en la
doxología: «Por Cristo, con él y en
él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del
Espíritu Santo, todo honor y toda gloria.»
Me detengo en este momento sublime para «discurrir por lo que
se ofreciere». ¿Cómo se ve el mundo
desde este altar? ¿Cómo lo ve Jesucristo? Para
entenderlo, tengo que dilatar el corazón a la medida del
mundo. El Corazón de Cristo es el corazón del
cuerpo de toda la Compañía el que ha de dilatarse
y con él el de todos y cada uno de nosotros. El nuestro ha
de ser un corazón que abrace a todos los hombres sin
excep¬ción, como el corazón de Cristo,
que desea la salvación universal: «que quiere que
todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la
verdad… Que se for¬me un solo rebaño y un
solo pastor». Pero tiene otras ovejas que no son de su
rebaño. Desde este altar, entre el cielo y la tierra, se ven
y se entienden mejor las necesidades de tantos hombres en todo el
mundo, se entiende y se siente más profundamente aquella
misión: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena
Nueva a toda la creación». Me siento como lanzado
personalmente al mundo y como si conmigo toda la
Compañía fuera enviada al mundo. Allí
está su finalidad, su trabajo, hasta que pueda volver de
nuevo a glorificar al Señor después de la gran
bata¬lla por el reino.
Resuena en mis oídos el «yo os
envío» y el «yo estoy con
vosotros» que llena de toda confianza. Mi gran
compañero es Cristo, que no sólo está
en el altar sino que entra dentro de mí y me llena de su
divinidad, que me envía a los que no le recibieron. Mi
respuesta no puede ser otra que el «Señor,
¿qué quie¬res que haga?...
¿Qué debo hacer por Cristo?».
El cuerpo de la Compañía, al sentirse enviado y
lleno de la fuerza de Dios que le envía, se vigoriza,
rejuvenece, siente que la sangre de Cristo corre por sus venas y que la
plenitud del espíritu de Cristo lo posee y lo impulsa como
un vendaval. ¿Quién podrá resistirla
si sigue fielmente en todo la misión recibida? Sabe que la
definición de su vida es la de ser «hombres
crucificados al mundo y para quienes el mundo está
crucificado», y que nadie podrá resistir
«a la sabiduría y al Espíritu con que
hable» ni oponerse a su voz.