Pedro Arrupe
Pedro Arrupe
05 septiembre 2010

PADRE NUESTRO
PADRE NUESTRO

El Padre de la Compañía: todos hijos del mismo Padre, del Padre que pidió a su Hijo cargado con la cruz de La Storta que recibiese a Ignacio como su siervo, momento en que se confirmó el nombre de «Compañía de Jesús». El Padre nuestro: oración per¬sonal y comunitaria perfecta.

«Que estás en los cielos». El jesuita debe mirar siempre hacia arriba, donde está su Padre y su patria. Toda nuestra vida es para el Reino: «venga tu reino». Todos nuestros trabajos no lograrían nada si no tenemos la ayuda divina para implantar ese Reino: por eso toda la Compañía pide con ahínco que venga ese reino, porque sabe que de la respuesta a esa oración depende el éxito de todas sus empresas.

«Hágase tu voluntad». Hemos de colaborar con la voluntad divina para lo que es necesario conocerla. Danos el sentido del verdadero discernimiento para saber en todo momento cuál es tu voluntad. No dejes de iluminarnos para conocerla y de fortalecernos para poder ponerla en ejecución. Ejecutar tu voluntad es todo lo que quiere la Com¬pañía, tu voluntad manifiesta de tantos modos, pero de un modo específico por medio de la obediencia. ¡Grande, inmensa responsabilidad la mía, al ser Superior General de la Compañía, al que se da toda autoridad «ad aedificationem»! Hágase tu voluntad: que yo nunca sea obstáculo ni llegue a desfigurar, alterar o equivocar tu voluntad para la Compañía. Sería doloroso pensar en esa posibilidad: «nunca permitas que me separe de ti»; «haz que yo me aferre a tus mandatos» ¡Es una gracia que siento tan necesaria! Por eso, inclinado ante la patena que contiene tu Cuerpo, repito una y otra vez esa oración: mil veces morir antes de separarme de Ti. «Por Yahvéh y por tu vida, rey mi señor, que donde el Rey mi Señor esté, muerto o vivo, allí estará tu siervo».
Nos enseñó a mirar el lado bueno del mundo