PADRE NUESTRO
PADRE NUESTRO
El Padre de la Compañía: todos hijos del mismo
Padre, del Padre que pidió a su Hijo cargado con la cruz de
La Storta que recibiese a Ignacio como su siervo, momento en que se
confirmó el nombre de
«Compañía de
Jesús». El Padre nuestro: oración
per¬sonal y comunitaria perfecta.
«Que estás en los cielos». El jesuita
debe mirar siempre hacia arriba, donde está su Padre y su
patria. Toda nuestra vida es para el Reino: «venga tu
reino». Todos nuestros trabajos no lograrían nada
si no tenemos la ayuda divina para implantar ese Reino: por eso toda la
Compañía pide con ahínco que venga ese
reino, porque sabe que de la respuesta a esa oración depende
el éxito de todas sus empresas.
«Hágase tu voluntad». Hemos de colaborar
con la voluntad divina para lo que es necesario conocerla. Danos el
sentido del verdadero discernimiento para saber en todo momento
cuál es tu voluntad. No dejes de iluminarnos para conocerla
y de fortalecernos para poder ponerla en ejecución. Ejecutar
tu voluntad es todo lo que quiere la
Com¬pañía, tu voluntad manifiesta de
tantos modos, pero de un modo específico por medio de la
obediencia. ¡Grande, inmensa responsabilidad la
mía, al ser Superior General de la
Compañía, al que se da toda autoridad
«ad aedificationem»! Hágase tu voluntad:
que yo nunca sea obstáculo ni llegue a desfigurar, alterar o
equivocar tu voluntad para la Compañía.
Sería doloroso pensar en esa posibilidad: «nunca
permitas que me separe de ti»; «haz que yo me
aferre a tus mandatos» ¡Es una gracia que siento
tan necesaria! Por eso, inclinado ante la patena que contiene tu
Cuerpo, repito una y otra vez esa oración: mil veces morir
antes de separarme de Ti. «Por Yahvéh y por tu
vida, rey mi señor, que donde el Rey mi Señor
esté, muerto o vivo, allí estará tu
siervo».