ECCE AGNUS DEI
ECCE AGNUS DEI
Con los ojos fijos en la hostia consagrada, mientras la presento al
Hermano, que me acompaña y que ocupa el lugar de todos los
jesuitas. Como los discípulos que vie¬ron a
Jesús mientras se lo mostraba Juan Bautista.
Allí veían un hombre...; aquí vemos
solamente un pedazo de pan. Un acto de fe verdadera: creer contra lo
que se ve; el acto de fe en la Eucaristía: «es
duro este lengua¬je: ¿Quién puede
escucharlo?». No, Señor, no es duro creer este
misterio euca¬rístico, es más bien motivo
de inmenso gozo: «Señor, ¿a
quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida
eterna». ¡Creo!
«Señor, no soy digno, pero di una sola palabra y
mi alma será sana», como sanaste al hijo del
centurión. La Compañía cree que
Tú eres su Señor y quiere albergarte bajo su
techo: en nuestras casas, en nuestras iglesias en las que quiere
visi¬tarte y contribuir a tu glorificación y culto,
pero especialmente desea albergarte en el corazón de cada
uno de nosotros y en el tabernáculo de cada comunidad, donde
te visi¬tarán y buscarán en ti la luz, el
consuelo y la fuerza para cumplir con la misión que
Tú le has dado.
Entra, Señor, bajo el techo de la
Compañía. Te necesitamos; hay tantas crisis de
fe, tantas interpretaciones sofisticadas con apariencia de
científicamente teológicas...; se llega hasta el
desprecio de la piedad, considerando esas manifestaciones de una fe
sólida e ignaciana como
ñoñerías antiguas, devociones
supersticiosas. «Y mi alma que¬dará
sana». Señor, no permitas que la
Compañía ceda en este punto y degenere de lo que
fue S. Ignacio y deseó fuese la
Compañía.
Mirando de hito en hito esa hostia blanca, caigo de rodillas, y conmigo
los 27.000 jesuitas, diciendo como Santo Tomás desde el
fondo del alma y con fe inquebrantable:
«¡Señor mío y Dios
mío!» (Jn 20,28)