Pedro Arrupe
Pedro Arrupe
05 septiembre 2010

ECCE AGNUS DEI
ECCE AGNUS DEI

Con los ojos fijos en la hostia consagrada, mientras la presento al Hermano, que me acompaña y que ocupa el lugar de todos los jesuitas. Como los discípulos que vie¬ron a Jesús mientras se lo mostraba Juan Bautista.

Allí veían un hombre...; aquí vemos solamente un pedazo de pan. Un acto de fe verdadera: creer contra lo que se ve; el acto de fe en la Eucaristía: «es duro este lengua¬je: ¿Quién puede escucharlo?». No, Señor, no es duro creer este misterio euca¬rístico, es más bien motivo de inmenso gozo: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna». ¡Creo!

«Señor, no soy digno, pero di una sola palabra y mi alma será sana», como sanaste al hijo del centurión. La Compañía cree que Tú eres su Señor y quiere albergarte bajo su techo: en nuestras casas, en nuestras iglesias en las que quiere visi¬tarte y contribuir a tu glorificación y culto, pero especialmente desea albergarte en el corazón de cada uno de nosotros y en el tabernáculo de cada comunidad, donde te visi¬tarán y buscarán en ti la luz, el consuelo y la fuerza para cumplir con la misión que Tú le has dado.

Entra, Señor, bajo el techo de la Compañía. Te necesitamos; hay tantas crisis de fe, tantas interpretaciones sofisticadas con apariencia de científicamente teológicas...; se llega hasta el desprecio de la piedad, considerando esas manifestaciones de una fe sólida e ignaciana como ñoñerías antiguas, devociones supersticiosas. «Y mi alma que¬dará sana». Señor, no permitas que la Compañía ceda en este punto y degenere de lo que fue S. Ignacio y deseó fuese la Compañía.

Mirando de hito en hito esa hostia blanca, caigo de rodillas, y conmigo los 27.000 jesuitas, diciendo como Santo Tomás desde el fondo del alma y con fe inquebrantable: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28)

Nos enseñó a mirar el lado bueno del mundo