Pedro Arrupe
Pedro Arrupe
07 septiembre 2010

CONSAGRACIÓN DE LA COMPAÑÍA
CONSAGRACIÓN DE LA COMPAÑÍA

Oh Padre Eterno:

Mientras oraba Ignacio en la capilla de La Storta, quisiste tú con singular favor aceptar la petición que por mucho tiempo él te hiciera por intercesión de Nuestra Señora: "de ser puesto con tu Hijo". Le aseguraste también que serías su sostén al decirle: "Yo estaré con vosotros". Llegaste a manifestar tu deseo de que Jesús portador de la Cruz le admitiese como su servidor, lo que Jesús aceptó dirigiéndose a Ignacio con estas inolvidables palabras: "Quiero que tú nos sirvas".

Nosotros, sucesores de aquel puñado de hombres que fueron los primeros "compañeros de Jesús", repetimos a nuestra vez la misma sú¬plica de ser puestos con tu Hijo y de servir "bajo la insignia de la Cruz", en la que Jesús está clavado por obediencia, con el costado traspasado y el corazón abierto en señal de su amor a Ti y a toda la humanidad.

Renovamos la consagración de la Compañía al Corazón de Jesús y te prometemos la mayor fidelidad pidiendo tu gracia para continuar sirviéndote a Ti y a tu Hijo con el mismo espíritu y el mismo fervor de Ignacio y de sus compañeros.

Por intercesión de la Virgen María, que acogió la súplica de Ig¬nacio, y delante de la Cruz en la que Jesús nos entrega los tesoros de su corazón abierto, decimos hoy, por medio de Él y en Él, desde lo más hondo de nuestro ser:

"Tomad, Señor y recibid
toda mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento
y toda mi voluntad.
Todo mi haber y mi poseer.
Vos me lo disteis,
a Vos, Señor, lo torno.
Todo es vuestro:
disponed a toda vuestra voluntad;
dadme vuestro amor y gracia, que esto me basta".
Nos enseñó a mirar el lado bueno del mundo