BODAS DE ORO
BODAS DE ORO
Al recorrer yo también el camino de estos mis 70
años de vida y 50 de Compañía de
Jesús, no puedo menos que reconocer que los jalones
decisivos de mi vida, los virajes radica- les en mi camino han sido
siempre inesperados, irracionales, pero en ello he podido siempre
reconocer, tarde o temprano, la mano de Dios que daba un atrevido golpe
de timón.
La vocación a la Compañía de
Jesús en medio de la carrera de Medicina que tanto me
entusiasmaba, y ello en la mitad del curso; mi vocación al
Japón (misión por la que hasta la llamada de Dios
no sentía ninguna inclinación) y que me negaron
los superiores durante diez años, mientras me preparaba para
ser un día profesor de Moral; mi presencia en la ciudad
sobre la que explotó la primera bomba atómica; mi
elección como General de la
Compañía... han sido acontecimientos tan
inesperados y tan bruscos y han llevado al mismo tiempo tan claramente
la marca de Dios, que realmente yo los he considerado y los considero
como aquellas irrupciones con que la amorosa providencia de Dios se
complace en manifestar su presencia y su absoluto dominio sobre cada
uno de nosotros. y las reacciones que uno siente son algo parecido a
las de un Isaías: «Ay de mí, que estoy
perdido, porque soy un hombre de labios impuros»; de un
Jeremías: «Ah, Señor Yahveh, mira que
soy un muchacho»; o de Moisés:
«¿Quién soy yo para ir al
Faraón?».
Estáis asistiendo de nuevo a uno de tantos aniversarios, en
los que la pequeñez del hombre (¡y ese hombre soy
yo!) reacciona con estupor y gratitud ante los beneficios de Dios.
Estupor y gratitud no solamente, o no tanto por esos momentos
privilegiados, decisivos o apreciables de mi vida, sino sobre todo por
esa serie de gracias incalculables que he ido recibiendo de Dios a lo
largo de la vida cotidiana, en la monotonía de una
existencia corriente y vulgar. Todo ello me hace desear que mi vida
hubiese sido, o al menos lo sea desde ahora, un continuo
«Magnificat».