NUNC DIMITTIS
NUNC DIMITTIS
Es justo, por muchos motivos, que al termi¬nar mi servicio como
Prepósito General de la Compañía de
Jesús, yo venga a La Storta para cantar mi «nunc
dimittis», aunque sea en el silencio que me impone mi
presente condición.
El anciano Simeón, al final de una larga vida de fiel
servicio, y en el esplendor del magnífico templo de
Jerusalén, vio cumplido su ardiente deseo al recibir al
Niño Jesús y estrecharlo contra su
corazón. Ignacio de Loyola, en la sencillísima
capilla de La Storta, a punto de comenzar su nueva vida de servicio
como Fundador y primer General de nuestra
Compañía, se sintió llevado al
Corazón de Jesús: «Dios Padre le
ponía con Cristo, su Hijo», como él
mismo había pedido con insistente plegaria a la Virgen.
Lejos de mí pretender asimilarme a estos dos excelsos
siervos del Señor. Aunque sí es cierto que
siempre he tenido una grande devoción a la experiencia de
Ignacio en La Storta y que ahora siento inmensa consolación
al hallarme en este venerado lugar para dar gracias a Dios y rendir mi
viaje. «Porque mis ojos han visto tu
salva¬dor». ¡Cuántas veces, a lo
largo de estos 18 años, he podido comprobar la fidelidad de
Dios a su promesa: «Os seré propicio en
Roma»!
La profunda experiencia de la amorosa pro¬tección de
la divina providencia, me ha dado fuerzas para cargar con el peso de
mis responsa¬bilidades y afrontar los desafíos de
nuestro tiem¬po. Es cierto que he pasado por dificultades,
grandes y pequeñas; pero confortado siempre con la ayuda de
Dios. Ese Dios en cuyas manos me siento ahora más que nunca,
ese Dios que se ha apoderado de mí.
La liturgia de este domingo me parece muy a propósito para
expresar mis sentimientos en este momento. Como San Pablo, puedo decir
que soy «anciano y ahora prisionero de Cristo
Jesús». Yo había pensado las cosas de
otra manera; pero quien manda es Dios, y sus desig¬nios son
misteriosos. «¿Quién puede penetrar los
planes del Señor?» Y, sin embargo, sabemos
cuál es la voluntad del Padre: hacernos confor¬mes a
la imagen de su Hijo. Y éste, a su vez, nos dice claramente
en el Evangelio: «El que no toma su cruz y me sigue, no puede
ser mi discípulo».
El P. Laínez, que nos transmitió las palabras de
la promesa «Os seré propicio», se
apresura a aclarar que Ignacio no las interpretó nunca en el
sentido de que ni él ni sus compañeros
tendrían que sufrir. Al contrario: estaba persuadido de que
eran llamados a servir a Jesús cargado con la cruz:
«le parecía ver a Cristo con la cruz al hombro y,
junto a él, el Padre que le decía: quiero que
tomes a éste por servidor tuyo. De modo que Jesús
lo tomó diciendo: yo quiero que tú nos sirvas.
Por esta razón, cogiendo gran devoción a este
santísimo nombre, quiso que la Congregación se
llamase Compañía de Jesús».
Este nombre lo habían elegido los
compañe¬ros ya antes de venir a Roma para ofrecer
sus servicios al Papa. Pero con la experiencia de La Storta
recibió una confirmación muy especial. Es de
advertir la estrecha afinidad entre las frases de Laínez y
las de la Fórmula del Instituto apro¬bada por Julio
III: «Cualquiera que en esta
Com¬pañía -que deseamos ser
señalada con el nom¬bre de Jesús-
pretenda sentar plaza bajo el estandarte de la cruz, para ser soldado
de Dios y servir sólo al Señor y a su esposa la
Iglesia, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la
tierra...»
Lo que para Ignacio fue la cumbre y el resu¬men de tantas
gracias especiales recibidas desde su conversión, fue para
la Compañía una garantía de que
participaría en las gracias del Funda¬dor en la
medida en que fuese fiel a la inspira¬ción que le
había dado vida. Pido al Señor que esta
celebración, que para mí es un adiós y
una conclusión, sea para Vds. y para toda la
Compa¬ñía aquí representada,
el inicio, con renovado entusiasmo, de una nueva etapa de servicio; que
la colaboración de toda la Compañía en
la res¬tauración de la capilla de La Storta sea un
símbo¬lo perenne e inspiración constante
en el esfuerzo común de renovación espiritual,
confiados en las gracias cuya memoria se venera en La Storta. Yo
seguiré acompañándoles con mis
oraciones.
Como hizo San Ignacio, ruego a la Virgen que seamos todos puestos con
su Hijo; y que, como Reina y Madre de la
Compañía, ella esté con Vds. en toda
la labor de la Congregación General, especialmente en la
elección del nuevo General.