Pedro Arrupe
Pedro Arrupe
05 septiembre 2010

NUNC DIMITTIS
NUNC DIMITTIS

Es justo, por muchos motivos, que al termi¬nar mi servicio como Prepósito General de la Compañía de Jesús, yo venga a La Storta para cantar mi «nunc dimittis», aunque sea en el silencio que me impone mi presente condición.

El anciano Simeón, al final de una larga vida de fiel servicio, y en el esplendor del magnífico templo de Jerusalén, vio cumplido su ardiente deseo al recibir al Niño Jesús y estrecharlo contra su corazón. Ignacio de Loyola, en la sencillísima capilla de La Storta, a punto de comenzar su nueva vida de servicio como Fundador y primer General de nuestra Compañía, se sintió llevado al Corazón de Jesús: «Dios Padre le ponía con Cristo, su Hijo», como él mismo había pedido con insistente plegaria a la Virgen.

Lejos de mí pretender asimilarme a estos dos excelsos siervos del Señor. Aunque sí es cierto que siempre he tenido una grande devoción a la experiencia de Ignacio en La Storta y que ahora siento inmensa consolación al hallarme en este venerado lugar para dar gracias a Dios y rendir mi viaje. «Porque mis ojos han visto tu salva¬dor». ¡Cuántas veces, a lo largo de estos 18 años, he podido comprobar la fidelidad de Dios a su promesa: «Os seré propicio en Roma»!

La profunda experiencia de la amorosa pro¬tección de la divina providencia, me ha dado fuerzas para cargar con el peso de mis responsa¬bilidades y afrontar los desafíos de nuestro tiem¬po. Es cierto que he pasado por dificultades, grandes y pequeñas; pero confortado siempre con la ayuda de Dios. Ese Dios en cuyas manos me siento ahora más que nunca, ese Dios que se ha apoderado de mí.

La liturgia de este domingo me parece muy a propósito para expresar mis sentimientos en este momento. Como San Pablo, puedo decir que soy «anciano y ahora prisionero de Cristo Jesús». Yo había pensado las cosas de otra manera; pero quien manda es Dios, y sus desig¬nios son misteriosos. «¿Quién puede penetrar los planes del Señor?» Y, sin embargo, sabemos cuál es la voluntad del Padre: hacernos confor¬mes a la imagen de su Hijo. Y éste, a su vez, nos dice claramente en el Evangelio: «El que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo».

El P. Laínez, que nos transmitió las palabras de la promesa «Os seré propicio», se apresura a aclarar que Ignacio no las interpretó nunca en el sentido de que ni él ni sus compañeros tendrían que sufrir. Al contrario: estaba persuadido de que eran llamados a servir a Jesús cargado con la cruz: «le parecía ver a Cristo con la cruz al hombro y, junto a él, el Padre que le decía: quiero que tomes a éste por servidor tuyo. De modo que Jesús lo tomó diciendo: yo quiero que tú nos sirvas. Por esta razón, cogiendo gran devoción a este santísimo nombre, quiso que la Congregación se llamase Compañía de Jesús».

Este nombre lo habían elegido los compañe¬ros ya antes de venir a Roma para ofrecer sus servicios al Papa. Pero con la experiencia de La Storta recibió una confirmación muy especial. Es de advertir la estrecha afinidad entre las frases de Laínez y las de la Fórmula del Instituto apro¬bada por Julio III: «Cualquiera que en esta Com¬pañía -que deseamos ser señalada con el nom¬bre de Jesús- pretenda sentar plaza bajo el estandarte de la cruz, para ser soldado de Dios y servir sólo al Señor y a su esposa la Iglesia, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra...»

Lo que para Ignacio fue la cumbre y el resu¬men de tantas gracias especiales recibidas desde su conversión, fue para la Compañía una garantía de que participaría en las gracias del Funda¬dor en la medida en que fuese fiel a la inspira¬ción que le había dado vida. Pido al Señor que esta celebración, que para mí es un adiós y una conclusión, sea para Vds. y para toda la Compa¬ñía aquí representada, el inicio, con renovado entusiasmo, de una nueva etapa de servicio; que la colaboración de toda la Compañía en la res¬tauración de la capilla de La Storta sea un símbo¬lo perenne e inspiración constante en el esfuerzo común de renovación espiritual, confiados en las gracias cuya memoria se venera en La Storta. Yo seguiré acompañándoles con mis oraciones.

Como hizo San Ignacio, ruego a la Virgen que seamos todos puestos con su Hijo; y que, como Reina y Madre de la Compañía, ella esté con Vds. en toda la labor de la Congregación General, especialmente en la elección del nuevo General.

Nos enseñó a mirar el lado bueno del mundo