EL DÍA DE SU RENUNCIA
EL DÍA DE SU RENUNCIA
Queridos Padres:
Cómo me hubiera gustado hallarme en mejo¬res
condiciones al encontrarme ahora ante Vds. Ya ven, ni siquiera puedo
hablarles directamen¬te. Los Asistentes Generales han entendido
lo que quiero decir a todos Vds.
Yo me siento, más que nunca, en las manos de Dios. Eso es lo
que he deseado toda mi vida, desde joven. Y eso es también
lo único que sigo queriendo ahora. Pero con una diferencia:
Hoy toda la iniciativa la tiene el Señor. Les aseguro que
saberme y sentirme totalmente en sus ma¬nos es una profunda
experiencia.
Al final de estos 18 años como General de la
Compañía, quiero, ante todo y sobre todo, dar
gracias al Señor. Él ha sido infinitamente
genero¬so para conmigo. Yo he procurado correspon¬derle
sabiendo que todo me lo daba para la Compañía,
para comunicarlo con todos y cada uno de los jesuitas. Lo he intentado
con todo empeño.
Durante estos 18 años mi única ilusión
ha sido servir al Señor y a su Iglesia con todo mi
corazón. Desde el primer momento hasta el último.
Doy gracias al Señor por los grandes progresos que he visto
en la Compañía. Cierta¬mente,
también habrá habido deficiencias -las
mías en primer lugar- pero el hecho es que ha habido grandes
progresos en la conversión per¬sonal, en el
apostolado, en la atención a los pobres, a los refugiados.
Mención especial mere¬ce la actitud de lealtad y de
filial obediencia mostrada hacia la Iglesia y el Santo Padre
parti¬cularmente en estos últimos años.
Por todo ello, sean dadas gracias al Señor.
Doy gracias de una manera especial a mis colaboradores más
cercanos, mis Asistentes y Consejeros -empezando por el P. O'Keefe- a
los Asistentes Regionales, a toda la Curia, a los Provinciales. Y
agradezco muchísimo al Padre Dezza y al P. Pittau su
respuesta de amor hacia la Iglesia y la Compañía
en el encargo excepcional recibido del Santo Padre.
Pero sobre todo es a la Compañía, a cada uno de
mis hermanos jesuitas a quienes quiero hacer llegar mi agradecimiento.
Sin su obediencia en la fe a este pobre Superior General, no se
hubie¬ra conseguido nada.
Mi mensaje hoy es que estén a la disposición del
Señor. Que Dios sea siempre el centro, que le escuchemos,
que busquemos constantemente qué podemos hacer en su mayor
servicio, y lo realicemos lo mejor posible, con amor,
despren¬didos de todo. Que tengamos un sentido muy personal de
Dios.
A cada uno en particular querría decir «tantas
cosas»...
A los jóvenes les digo: Buscad la presencia de Dios, la
propia santificación, que es la mejor preparación
para el futuro. Que se entreguen a la voluntad de Dios en su
extraordinaria grandeza y simplicidad a la vez.
A los que están en la plenitud de su actividad les pido que
no se gasten, y pongan el centro del equilibrio de sus vidas no en el
trabajo sino en Dios. Manténganse atentos a tantas
necesidades del mundo. Piensen en los millones de hombres que ignoran a
Dios o se portan como si no le conociesen. Todos están
llamados a conocer y servir a Dios. Qué grande es nuestra
misión: Llevarles a todos al conocimiento y amor de Cristo.
A los de mi edad recomiendo apertura: Aprender qué es lo que
hay que hacer ahora, y hacerlo bien.
A los muy queridos Hermanos querría decir¬les
también «tantas cosas», y con mucho
afecto. Quiero recordar a toda la Compañía la
gran importancia de los Hermanos. Ellos nos ayudan tanto a centrar
nuestra vocación en Dios.
Estoy lleno de esperanza viendo cómo la
Compañía, sirve a Cristo, único
Señor, y a la Iglesia, bajo el Romano Pontífice,
Vicario de Cristo en la tierra. Para que siga así, y para
que el Señor la bendiga con muchas y excelentes
voca¬ciones de sacerdotes y hermanos, ofrezco al
Señor, en lo que me quede de vida, mis oracio¬nes y
los padecimientos anejos a mi enferme¬dad. Personalmente, lo
único que deseo es repe¬tir desde el fondo 'de mi
alma:
Tomad Señor, y recibid toda mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad,
todo mi haber y poseer.
Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno.
Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad.
Dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.