Pedro Arrupe
Pedro Arrupe
05 septiembre 2010

EL DÍA DE SU RENUNCIA
EL DÍA DE SU RENUNCIA

Queridos Padres:

Cómo me hubiera gustado hallarme en mejo¬res condiciones al encontrarme ahora ante Vds. Ya ven, ni siquiera puedo hablarles directamen¬te. Los Asistentes Generales han entendido lo que quiero decir a todos Vds.

Yo me siento, más que nunca, en las manos de Dios. Eso es lo que he deseado toda mi vida, desde joven. Y eso es también lo único que sigo queriendo ahora. Pero con una diferencia: Hoy toda la iniciativa la tiene el Señor. Les aseguro que saberme y sentirme totalmente en sus ma¬nos es una profunda experiencia.

Al final de estos 18 años como General de la Compañía, quiero, ante todo y sobre todo, dar gracias al Señor. Él ha sido infinitamente genero¬so para conmigo. Yo he procurado correspon¬derle sabiendo que todo me lo daba para la Compañía, para comunicarlo con todos y cada uno de los jesuitas. Lo he intentado con todo empeño.

Durante estos 18 años mi única ilusión ha sido servir al Señor y a su Iglesia con todo mi corazón. Desde el primer momento hasta el último. Doy gracias al Señor por los grandes progresos que he visto en la Compañía. Cierta¬mente, también habrá habido deficiencias -las mías en primer lugar- pero el hecho es que ha habido grandes progresos en la conversión per¬sonal, en el apostolado, en la atención a los pobres, a los refugiados. Mención especial mere¬ce la actitud de lealtad y de filial obediencia mostrada hacia la Iglesia y el Santo Padre parti¬cularmente en estos últimos años. Por todo ello, sean dadas gracias al Señor.

Doy gracias de una manera especial a mis colaboradores más cercanos, mis Asistentes y Consejeros -empezando por el P. O'Keefe- a los Asistentes Regionales, a toda la Curia, a los Provinciales. Y agradezco muchísimo al Padre Dezza y al P. Pittau su respuesta de amor hacia la Iglesia y la Compañía en el encargo excepcional recibido del Santo Padre.

Pero sobre todo es a la Compañía, a cada uno de mis hermanos jesuitas a quienes quiero hacer llegar mi agradecimiento. Sin su obediencia en la fe a este pobre Superior General, no se hubie¬ra conseguido nada.

Mi mensaje hoy es que estén a la disposición del Señor. Que Dios sea siempre el centro, que le escuchemos, que busquemos constantemente qué podemos hacer en su mayor servicio, y lo realicemos lo mejor posible, con amor, despren¬didos de todo. Que tengamos un sentido muy personal de Dios.

A cada uno en particular querría decir «tantas cosas»...

A los jóvenes les digo: Buscad la presencia de Dios, la propia santificación, que es la mejor preparación para el futuro. Que se entreguen a la voluntad de Dios en su extraordinaria grandeza y simplicidad a la vez.

A los que están en la plenitud de su actividad les pido que no se gasten, y pongan el centro del equilibrio de sus vidas no en el trabajo sino en Dios. Manténganse atentos a tantas necesidades del mundo. Piensen en los millones de hombres que ignoran a Dios o se portan como si no le conociesen. Todos están llamados a conocer y servir a Dios. Qué grande es nuestra misión: Llevarles a todos al conocimiento y amor de Cristo.

A los de mi edad recomiendo apertura: Aprender qué es lo que hay que hacer ahora, y hacerlo bien.

A los muy queridos Hermanos querría decir¬les también «tantas cosas», y con mucho afecto. Quiero recordar a toda la Compañía la gran importancia de los Hermanos. Ellos nos ayudan tanto a centrar nuestra vocación en Dios.

Estoy lleno de esperanza viendo cómo la Compañía, sirve a Cristo, único Señor, y a la Iglesia, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra. Para que siga así, y para que el Señor la bendiga con muchas y excelentes voca¬ciones de sacerdotes y hermanos, ofrezco al Señor, en lo que me quede de vida, mis oracio¬nes y los padecimientos anejos a mi enferme¬dad. Personalmente, lo único que deseo es repe¬tir desde el fondo 'de mi alma:
Tomad Señor, y recibid toda mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad,
todo mi haber y poseer.
Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno.
Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad.
Dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.

Nos enseñó a mirar el lado bueno del mundo